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“...¿No será que
de un modo general el sistema penal es la forma, en la que el poder como poder,
se muestra del modo más manifiesto? Reducir a alguien a pan y agua, eso se nos
enseñaba de pequeños. La prisión es el único lugar en el que el poder puede
manifestarse de forma desnuda, en sus dimensiones más excesivas, y justificarse
como poder moral. Meter a alguien en prisión, encerrarlo, privarlo de comida,
de calefacción, impedirle salir, hacer el amor..., etc..., ahí está la
manifestación del poder más delirante que se pueda imaginar. Su tiranía salvaje
aparece entonces como dominación serena del Bien sobre el Mal, del orden sobre
el desorden.
Pero hubo un
momento histórico en que se pasó del castigo físico a la vigilancia. El momento
en el que se ha percibido que era, para la economía del poder, más eficaz y
rentable vigilar que castigar. Mi hipótesis es que la prisión ha estado, desde
sus comienzos, ligada a un proyecto de transformación de los individuos. Desde
el principio, la prisión debía ser un instrumento tan perfeccionado como la
escuela, el cuartel o el hospital y actuar con precisión sobre los individuos.
El fracaso ha
sido inmediato y registrado casi al mismo tiempo que el proyecto mismo. Desde
1820 se constata que la prisión, lejos de transformar a los criminales en gente
honrada, no sirve más que para fabricar nuevos criminales o para hundirlos más
en la criminalidad. Entonces, como siempre, el mecanismo del poder ha realizado
una utilización estratégica de lo que era un inconveniente. La prisión fabrica
delincuentes, pero los delincuentes a fin de cuentas son útiles en el dominio
económico y en el dominio político. Los delincuentes sirven. Un ejemplo: todo el
mundo sabe que Napoleón III tomó el poder gracias a un grupo constituido, al
menos en los niveles más bajos, por delincuentes de derecho común.
A partir del momento en que alguien entraba en
la prisión, se ponía en marcha un mecanismo que le hacía infame, y cuando salía
no podía hacer nada sino recaer en la delincuencia. Me pregunto si no ha sido
orquestado precisamente para lograr entre los delincuentes y los obreros
malentendidos( disputas) tan importantes para el funcionamiento general del
sistema. En su concepción primitiva, el trabajo penal no es el aprendizaje de
un oficio determinado sino el aprendizaje de la virtud misma del trabajo.
Trabajar en el vacío, trabajar por trabajar, debía producir en los individuos
la forma ideal del trabajador...”
George Orwell, (escritor indio-inglés, 1903-1950) narra en “1984”, su obra más famosa, la verificación de los peores temores acerca de un posible futuro (utopía negativa) donde el poder ejerce un control totalitario sobre el cuerpo y la mente.
En esta obra, el Partido único, liderado por un invisible líder, el “Gran Hermano”, se ha apoderado de la vida y de la mente de todos sus gobernados, hasta el grado de espiarlos a cada segundo con sus numerosas cámaras instaladas hasta en los sitios más recónditos de la ciudad...
“El que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el
presente controla el pasado”
GRAN HERMANO
“....Se esperaba que la
neolengua supliera a la vieja lengua
hacia el año 2050. La intención de
la neolengua no era sólo proveer un medio de expresión a la cosmovisión y
hábitos mentales propios de los devotos
del Gran Hermano sino también imposibilitar otras formas de pensamiento.
Lo que se pretendía era que una vez que la neolengua fuera adoptada de
una vez por todos y la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento herético,
es decir, un pensamiento divergente de
los principios del Partido del Gran
Hermano, fuera literalmente impensable,
o por lo menos en tanto que el pensamiento depende de las palabras.
Esto se conseguía inventando
nuevas palabras y desvistiendo a las palabras restantes de
cualquier significado heterodoxo y a ser
posible de cualquier significado secundario. Por ejemplo: la palabra “libre”
aún existía en neolengua, pero sólo se podía utilizar en afirmaciones como “este prado está libre de
malas hierbas”. No se podía usar en su viejo sentido de “políticamente libre” o
“intelectualmente libre” ya que la libertad política e intelectual ya no
existían como conceptos y por tanto
necesariamente no tenían nombre.
La finalidad de la
neolengua no era aumentar, sino disminuir el área del pensamiento, objetivo que
podía conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo indispensable.
A cualquier palabra, se le daba sentido de negación añadiendo el prefijo “in”; poniendo por caso la palabra
“bueno”, ya no habría necesidad de la palabra “malo”, ya que el
significado requerido se expresaba tan
bien, o incluso mejor por “inbueno”.Además a unapalabra que fuese
difícil de pronunciaro que podía
entenderse incorrectamente, se estimaba ipso factouna mala palabra.
La mayor dificultad en la que se encontraban los compiladores del “Diccionario de Neolengua”
no era inventar nuevas palabras, sino la de precisar, una vez inventadas
aquéllas cuál era su significado. Innumerables palabras como honor,
justicia, moralidad, internacionalismo, democracia, ciencia y religión
simplemente habían dejado de existir.
Todas las palabras agrupadas bajo los conceptos de libertad e igualdad,
por ejemplo, se contenían en una sola, “crimenpensar”; mientras que todas las
palabras reunidas bajo los conceptos de objetividad y racionalismo quedaban
comprendidas en la única palabra “viejopensar”. Mayor precisión hubiera sido
peligrosa...
Lo que se esperaba de un miembro del Partido era un punto de vista similar al de los antiguos hebreos, que
sabían, sin saber mucho más que todas las naciones aparte de la suya adoraban a
“dioses falsos”. No necesitaban saber cómo estos dioses se llamaban.
Probablemente cuanto menos supieran sobre ellos, mejor...De manera parecida, el
miembro del Partido sabía lo que
constituía la correcta norma de conducta y de un modo increíblemente vago y
general lo que podía apartarle de ella.
Ninguna palabra era ideológicamente neutral. Palabras como, por
ejemplo, “gozocampo”(campo de trabajos forzados) o “Minipax” (Ministerio de la
Paz, es decir, Ministerio de la Guerra) significaban exactamente lo
opuesto de lo que parecían indicar( como
el Ministerio de la Verdad, que se
ocupaba de manipular documentos o el del Amor, de la tortura y la desaparición
forzosa). Lo que se requería, sobre todo por razones políticas, eran palabras
cortas y de significado inequívoco que
pudieran pronunciarse rápidamente y que despertaran el mínimo de sugerencias en
la mente del parlante.
En relación con el nuestro, el
vocabulario de la neolengua era mínimo, y continuamente inventaban nuevos modos
de reducirlo. Así, la neolengua difería de la mayoría de otros lenguajes en
que su vocabulario se empequeñecía en vez de agrandarse. Cada reducción era una
ganancia, ya que cuanto menor era el
área para escoger, más pequeña era la
tentación de pensar.
Por lo que se ha explicado, podrá verse que en neolengua la expresión
de opiniones heterodoxas era casi imposible. Por ende, quedaría descartada la
posibilidad de cometer muchos crímenes y errores simplemente porque no tenían
nombre y, en consecuencia, eran inimaginables.
¿Adviertes que el propósito de
la neolengua es acotar el alcance del pensamiento, disminuir el radio de acción
de la mente? Al final, terminaremos todo crimen de pensamiento,... únicamente
es cuestión de controlar la realidad....”
1- "De esta razón, que existe siempre,
resultan desconocedores los hombres, tanto antes de oírla, como tras haberla
oído a lo primero, pues, aunque todo transcurre conforme a esta razón, se
asemejan a inexpertos teniendo como tienen experiencia de dichos y hechos; de
éstos que yo voy describiendo, descomponiendo cada uno según su naturaleza y
explicando cómo se halla. Pero a los demás hombres les pasa inadvertido cuanto
hacen despiertos, igual que se olvidan de cuanto hacen dormidos.
8- La
verdadera naturaleza gusta de ocultarse.
9-
Ensambladura invisible, más fuerte que la visible.
22- Los
perros, de cierto, ladran a quien no conocen.
24- Para
los que están despiertos, el orden del mundo es uno y común, mientras que cada
uno de los que duermen se vuelve hacia
uno propio.
27-No
comprenden cómo lo divergente converge consigo mismo; ensamblaje de tensiones
opuestas, como el del arco y el de la lira.
28- Preciso
es saber que la guerra es común; la justicia, contienda, y que todo acontece
por la contienda y la necesidad.
35- Mar:
agua la más pura y la más impura: para los peces, potable y salvadora; para los
hombres impotable y mortal.
37- Los
asnos preferirían los desperdicios al oro.
40- A
quienes penetran en los mismos ríos, aguas diferentes y diferentes les corren
por encima.
43-
¡Maestro de los más Hesíodo! Creen que el
que más sabe es él, que no conocía el día y la noche. Y es que son una
sola cosa.
60- De no
haber sol, habría noche, gracias a las demás estrellas.
48- Un
hombre en la noche prende para sí una luz, apagada su vista, y vivo como está,
entra en contacto con el muerto al dormir. Despierto, entra en contacto con el
durmiente.
51- Este
orden del mundo, el mismo para todos, no lo hizo dios ni hombre alguno, sino
que fue, siempre, es y será; fuego siempre vivo, prendido según medidas y
apagado según medidas.
84- Lo sabio, que es sólo y único no quiere y
quiere verse llamado por el nombre de Zeus.
93- El
tiempo es un niño que juega a los dados. ¡Cosa de un niño es el poder de los reyes!"
"...Ahora,
continué, imagínate nuestra naturaleza, por lo que se refiere a la ciencia, y a
la ignorancia, mediante la siguiente escena. Imagina unos hombres en una
habitación subterránea en forma de caverna con una gran abertura del lado de la
luz. Se encuentran en ella desde su niñez, sujetos por cadenas que les
inmovilizan las piernas y el cuello, de tal manera que no pueden ni cambiar de
sitio ni volver la cabeza, y no ven más que lo que está delante de ellos. La
luz les viene de un fuego encendido a una cierta distancia detrás de ellos
sobre una eminencia del terreno. Entre ese fuego y los prisioneros, hay un
camino elevado, a lo largo del cual debes imaginar un pequeño muro semejante a
las barreras que los ilusionistas levantan entre ellos y los espectadores y por
encima de las cuales muestran sus prodigios.
--Ya
lo veo, dijo.
--Piensa
ahora que a lo largo de este muro unos hombres llevan objetos de todas clases,
figuras de hombres y de animales de madera o de piedra, v de mil formas
distintas, de manera que aparecen por encima del muro. Y naturalmente entre los
hombres que pasan, unos hablan y otros no dicen nada.
--Es
esta una extraña escena y unos extraños prisioneros, dijo.
--Se
parecen a nosotros, respondí. Y ante todo, ¿crees que en esta situación verán
otra cosa de sí mismos y de los que están a su lado que unas sombras
proyectadas por la luz del fuego sobre el fondo de la caverna que está frente a
ellos.
--No,
puesto que se ven forzados a mantener toda su vida la cabeza inmóvil.
--¿Y
no ocurre lo mismo con los objetos que pasan por detrás de ellos?
--Sin
duda.
--Y
si estos hombres pudiesen conversar entre sí, ¿no crees que creerían nombrar a
las cosas en sí nombrando las sombras que ven pasar?
--Necesariamente.
--Y
si hubiese un eco que devolviese los sonidos desde el fondo de la prisión, cada
vez que hablase uno de los que pasan, ¿no creerían que oyen hablar a la sombra
misma que pasa ante sus ojos?
--Sí,
por Zeus, exclamó.
--En
resumen, ¿estos prisioneros no atribuirán realidad más que a estas sombras?
--Es
inevitable.
--Supongamos
ahora que se les libre de sus cadenas y se les cure de su error; mira lo que
resultaría naturalmente de la nueva situación en que vamos a colocarlos.
Liberamos a uno de estos prisioneros. Le obligamos a levantarse, a volver la
cabeza, a andar y a mirar hacia el lado de la luz: no podrá hacer nada de esto
sin sufrir, y el deslumbramiento le impedirá distinguir los objetos cuyas
sombras antes veía. Te pregunto qué podrá responder uelto hacia objetos más reales, ve con más perfección; y si
por último, mostrándole cada objeto si alguien le dice que hasta entonces sólo había contemplado sombras vanas, pero que ahora, más cerca de la realidad y a medida que pasa, se le obligase a fuerza de preguntas a decir qué es, ¿no crees que se encontrará en un apuro, y que le parecerá más verdadero lo que veía antes que lo que ahora le muestran? --Sin
duda, dijo.
--Y
si se le obliga a mirar la misma luz, ¿no se le dañarían los ojos? ¿No apartará
su mirada de ella para dirigirla a esas sombras que mira sin esfuerzo? ¿No
creerá que estas sombras son realmente más visibles que los objetos que le
enseñan?
--Seguramente.
--Y
si ahora lo arrancamos de su caverna a viva fuerza y lo llevamos por el sendero
áspero y escarpado hasta la claridad del sol, ¿esta violencia no provocará sus
quejas y su cólera? Y cuando esté ya a pleno sol, deslumbrado por su
resplandor, ¿podrá ver alguno de los objetos que llamamos verdaderos?
--No
podrá, al menos los primeros instantes.
--Sus
ojos deberán acostumbrarse poco a poco a esta región superior. Lo que más
fácilmente verá al principio serán las sombras, después las imágenes de los
hombres y de los demás objetos reflejadas en las aguas, y por último los
objetos mismos. De ahí dirigirá sus miradas al cielo, y soportará más
fácilmente la vista del cielo durante la noche, cuando contemple la luna y las
estrellas, que durante el día el sol y su resplandor.
--Así
lo creo.
--Y
creo que al fin podrá no sólo ver al sol reflejado en las aguas o en cualquier
otra parte, sino contemplarlo a él mismo en su verdadero asiento.
--Indudablemente.
--Después
de esto, poniéndose a pensar, llegará a la conclusión de que el sol produce las
estaciones y los años, lo gobierna todo en el mundo visible y es en cierto modo
la causa de lo que ellos veían en la caverna.
--Es
evidente que llegará a esta conclusión siguiendo estos pasos.
--Y
al acordarse entonces de su primera habitación y de sus conocimientos allí y de
sus compañeros de cautiverio, ¿no se sentirá feliz por su cambio y no
compadecerá a los otros? Ciertamente.
--Y
si en su vida anterior hubiese habido honores, alabanzas, recompensas públicas
establecidas entre ellos para aquel que observase mejor las sombras a su paso,
que recordase mejor en qué orden acostumbran a precederse, a seguirse o a
aparecer juntas y que por ello fuese el más hábil en pronosticar su aparición,
¿crees que el hombre de que hablamos sentiría nostalgia de estas distinciones,
y envidiaría a los más señalados por sus honores o autoridad entre sus
compañeros de cautiverio? ¿No crees más bien que será como el héroe de Homero(Odiseo)
y preferirá mil veces no ser más «que un mozo de labranza al servicio de un
pobre campesino» y sufrir todos los males posibles antes que volver a su
primera ilusión y vivir como vivía?
--No
dudo que estaría dispuesto a sufrirlo todo antes que vivir como anteriormente.
--Imagina
ahora que este hombre vuelva a la caverna y se siente en su antiguo lugar. ¿No
se le quedarían los ojos como cegados por este paso súbito a la obscuridad?
--Sí,
no hay duda.
--Y si, mientras su vista aún está confusa, antes de
que sus ojos se hayan acomodado de nuevo a la obscuridad, tuviese que dar su
opinión sobre estas sombras y discutir sobre ellas con sus compañeros que no
han abandonado el cautiverio, ¿no les daría que reír? ¿No dirán que por haber
subido al exterior ha perdido la vista, y no vale la pena intentar la
ascensión? Y si alguien intentase desatarlos y llevarlos allí, ¿no lo matarían,
si pudiesen cogerlo y matarlo?
--Es muy probable.
--Ésta es precisamente, mi querido Glaucón, la
imagen de nuestra condición..."
"...Juro por Apolo el Médico y Esculapio y por Hygeia y Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndolos de jueces, que este mi juramento será cumplido hasta donde tenga poder y discernimiento. A aquel quien me enseñó este arte, le estimaré lo mismo que a mis padres; él participará de mi mandamiento y si lo desea participará de mis bienes. Consideraré su descendencia como mis hermanos, enseñándoles este arte sin cobrarles nada, si ellos desean aprenderlo. Instruiré por precepto, por discurso y en todas las otras formas, a mis hijos, a los hijos del que me enseñó a mí y a los discípulos unidos por juramento y estipulación, de acuerdo con la ley médica, y no a otras personas. Llevaré adelante ese régimen, el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del perjuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aún cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer supositorios destructores; mantendré mi vida y mi arte alejado de la culpa. No operaré a nadie por cálculos, dejando el camino a los que trabajan en esa práctica. A cualesquier casa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, absteniéndome de todo error voluntario y corrupción, y de lascivia con las mujeres u hombres libres o esclavos. Guardaré silencio sobre todo aquello que en mi profesión, o fuera de ella, oiga o vea en la vida de los hombres que no deba ser público, manteniendo estas cosas de manera que no se pueda hablar de ellas. Ahora, si cumplo este juramento y no lo quebranto, que los frutos de la vida y el arte sean míos, que sea siempre honrado por todos los hombres y que lo contrario me ocurra si lo quebranto y soy perjuro..."
“Somos el tiempo. Somos la famosa Parábola de Heráclito el Oscuro. Somos el agua, no el diamante duro, la que se pierde, no la que reposa. Somos el río y somos aquel griego que se mira en el río. Su reflejo cambia en el agua del cambiante espejo, en el cristal que cambia como el fuego. Somos el vano río prefijado rumbo a su mar. La sombra lo ha cercado. Todo nos dijo adiós. Todo se aleja. La memoria no acuña su moneda. Y sin embargo hay algo que se queda y sin embargo hay algo que se queja.”
“Son los ríos”, Jorge L. Borges, 1985 en Los conjurados, Obras completas, Tomo II, Emecé, Bs. As., 1989.
“...el hombre, al estar condenado a ser libre, lleva
sobre sus hombros todo el peso del mundo; es responsable del mundo y de sí
mismo en tanto que manera de ser. Tomamos la
palabra “responsabilidad” en su sentido trivial de “conciencia ( de ) ser el
autor incontestable de un acontecimiento o de un objeto”. En este sentido, la
responsabilidad del para sí es abrumadora, pues es aquel por quien ocurre que haya
un mundo; y, puesto que es también aquel que se hace ser, el para sí,
cualquiera que fuere la situación en que se encuentra, debe asumirla
enteramente con su coeficiente de adversidad propio, así sea insostenible; debe
asumirla con la orgullosa conciencia de ser autor de ella, pues los mayores
inconvenientes o las peores amenazas que pueden afectar a mi persona sólo
tienen sentido en virtud de mi propio proyecto y aparecer sobre el fondo del
compromiso que soy.
Es, pues,
insensato pensar en quejarse, pues nada ajeno o extraño ha decidido lo que
sentimos, vivimos o somos. Esa responsabilidad absoluta no es, por lo demás,
aceptación: es simple reivindicación lógica de las consecuencias de nuestra
libertad.
Lo que
ocurre, me ocurre por mí, y no puedo ni dejarme afectar por ello, ni rebelarme,
ni resignarme. Por otra parte, todo lo que me ocurre es mío; hay que
entender por ello, en primer lugar, que siempre estoy a la altura de lo que me
ocurre, en tanto hombre, pues lo que le ocurre a un hombre o por él mismo no
puede ser sino humano.
Las más
atroces situaciones de la guerra, las más crueles torturas, no crean un estado
de cosas inhumano: no hay situaciones inhumanas; sólo por el miedo, la huida y
el expediente de las conductas mágicas decidiré acerca de lo inhumano,
pero esta decisión es humana y me incumbe su entera responsabilidad.
La
situación es mía, además, porque es la imagen de mi libre elección de mí
mismo y todo cuanto ella me presenta es mío porque me representa y
simboliza. ¿No soy yo acaso quien decide sobre el coeficiente de adversidad de
las cosas y hasta sobre su imprevisibilidad, al decidir sobre mí mismo?
Así, en
una vida no hay accidentes: un acontecimiento social que de pronto
irrumpe y me arrastra, no viene de afuera; si soy movilizado en una guerra,
esta guerra es mía, está hecha a mi imagen y la merezco.
La
merezco, en primer lugar, porque siempre podía haberme sustraído a ella, por la
deserción o el suicidio; estos posibles últimos son los que siempre hemos de
tener presentes cuando se trata de considerar una situación.
Al no
haberme sustraído, la he elegido: pudo ser por apatía, por cobardía ante
la opinión pública, porque prefiero ciertos valores al valor de la negación de
hacer la guerra ( la estima de mis allegados, el honor de mi familia, etc ).
De todos
modos, se trata de una elección, elección reiterada luego, de manera continua,
hasta el fin de la guerra; hemos de suscribir, pues, la frase de J. Romains:
“En la guerra no hay víctimas inocentes”.
Así, pues,
si he preferido la guerra a la muerte o al deshonor, todo ocurre como si llevar
enteramente sobre mis hombros la responsabilidad de esa guerra. Sin duda, otros
la han declarado, y podría incurrir en la tentación de considerarme un mero
cómplice. Pero esta noción de complicidad no tiene sino un sentido jurídico; en
nuestro caso, es insostenible, pues dependió de mí que para mí y por mí
esa guerra no existiera, y yo he decidido que exista.
No ha
habido coerción alguna, pues la coerción no puede ejercer dominio alguno sobre
una libertad; no tengo ninguna excusa, pues, lo propio de la realidad humana es
ser sin excusas. No me queda, pues, sino reivindicar esa guerra como mía.
Pero,
además, es mía porque, por el solo hecho de surgir en una situación que
yo hago ser y de que no pueda descubrirla sino comprometiéndome en pro o en
contra de ella, no puedo distinguir ahora la elección que hago de mí y la
elección que hago de la guerra; vivir esta guerra es elegirme por ella y
elegirla por mi elección de mí mismo.
No cabría tomarla como “cuatro años de vacaciones” o
de “aplazamiento” o como una “sesión suspendida”, estimando que lo esencial de
mis responsabilidades está en otra parte, en mi vida conyugal, familiar o
profesional: en esta guerra que he escogido, me elijo día por día y la hago mía
haciéndome a mí mismo.
Cada
persona es un absoluto que disfruta de una fecha absoluta, y es enteramente
impensable en otra fecha. Es ocioso, pues, preguntarse que habría sido yo si no
hubiera estallado esta guerra, pues me he elegido como uno de los sentidos
posibles de la época que conducía a la guerra insensiblemente: no me distingo
de la época misma, ni podría ser transportado a otra época sin contradicción.
“Cada cual tiene la guerra que se merece”.
Así,
totalmente libre, indiscernible del período cuyo sentido he elegido ser, tan
profundamente responsable de la guerra como si yo mismo la hubiese declarado,
puesto que no puedo vivir nada sin integrarlo a mi situación,
comprometerme en ello íntegramente y marcarlo con mi sello, no debo tener queja
ni remordimiento por lo mismo que no tengo excusa, pues, desde el instante de
mi surgimiento al ser, llevo exclusivamente sobre mí el peso del mundo, sin que
nada ni nadie me lo pueda aligerar.
Estoy arrojado
en el mundo, no en el sentido de quedarme abandonado y pasivo en un universo
hostil, como la tabla que flota sobre el agua, sino, al contrario, en el
sentido de que me encuentro de pronto solo y si ayuda, comprometido en un mundo
del que soy enteramente responsable, sin poder, haga lo que haga, arrancarme ni
un instante de esa responsabilidad, pues soy responsable hasta de mi propio
deseo de rehuir a la responsabilidad, hacerme pasivo en el mundo, negarme a
actuar sobre las cosa y sobre los Otros, es también elegirme.
Sin
embargo, esta responsabilidad es de un tipo muy particular. Soy responsable de
todo, salvo de mi responsabilidad misma, pues no soy el fundamento de mi ser.
Estoy condenado a ser libre. No
encuentro jamás sino mi responsabilidad, y por eso no puedo preguntar: “¿Por
qué he nacido?” ni maldecir el día de mi nacimiento ni declarar que no he
podido nacer, pues estas diferentes actitudes con respecto al hecho de
que realizo una presencia en el mundo, no son, precisamente, sino maneras de
asumir con plena responsabilidad el nacimiento y hacerlo mío, también
aquí, sólo me encuentro conmigo y mis proyectos.
El ser
humano, el para sí se capta a sí mismo en la angustia, pues su responsabilidad
se extiende al mundo entero. Es el para sí un ser que está obligado a decidir sobre el sentido del ser, en él y doquiera
fuera de él.
Quien
realiza en la angustia su condición de estar arrojado a una
responsabilidad que se vuelve incluso sobre su mismo abandono, no tiene ya
remordimiento, ni queja, ni excusa; no es ya más que una libertad que se
descubre perfectamente a sí misma y cuyo ser reside en ese mismo
descubrimiento. Pero. la mayor parte de las veces, rehuimos la angustia en la
mala fe.
Una
primera mirada a la realidad humana nos enseña que, para ella, ser se reduce a
hacer. Ser ambicioso, cobarde o irascible es simplemente conducirse de tal o
cual manera en tal o cual circunstancia. Así, la realidad humana no es primero
para actuar después, sino que para ella ser es actuar, y cesar de actuar es
cesar de ser. El proyecto libre es fundamental, pues es mi ser...”
SARTRE, Jean Paul;(1943); El
ser y la nada, ED. Altaya, Barcelona, 1993.