martes, 20 de marzo de 2012

...Freud: "El caso Catherine" ("Estudios sobre la histeria")....



"...en una de mis pasadas vacaciones emprendí una excursión por la montaña, con el propósito de olvidar durante algún tiempo la Medicina, y especialmente la neurosis. Me hallaba sumido en la contemplación de la encantadora lejanía, cuando a mi espalda resonó la pregunta: “El señor es médico, ¿verdad?”.
  Mi interlocutora era una muchacha de diecisiete o dieciocho años, la misma que antes me había servido el almuerzo en la hostelería, por cierto con un marcado gesto de mal humor, y a la que la dueña del lugar  había interpelado varias veces con el nombre de Catherine.
  -Sí, soy médico. ¿Cómo lo sabe usted?
  -Lo he visto inscribirse en el registro de visitantes y he pensado que podría dedicarme unos momentos. Estoy enferma de los nervios. El médico al que fui a consultar hace algún tiempo, me recetó varias cosas, pero no me han servido de nada.
  De este modo me veía obligado a penetrar de nuevo en los dominios de la neurosis, pues apenas cabía suponer otro padecimiento en aquella robusta muchacha de rostro  malhumorado.
  -Bien. Dígame usted: ¿qué es lo que siente?
  -Me cuesta trabajo respirar. No siempre. Pero a veces me parece que me voy a ahogar.
  No presenta esto, a primera vista, un definido carácter nervioso; pero se me ocurrió en seguida que podría constituir muy bien una descripción de un ataque de angustia.
 -Siéntese aquí y cuénteme lo que pasa cuando le dan esos ahogos.
 -Me dan de repente. Primero siento un peso en los ojos y en la frente. Me zumba la cabeza y me dan unos mareos que casi no puedo respirar.
  -¿Y no siente usted nada en la garganta?
  -Se me aprieta como si me fuera a ahogar.
    -Y en la cabeza, ¿nota usted algo más de lo que me ha dicho?
  -Sí, me late como si fuera a saltárseme.
  -Bien. ¿Y no siente usted miedo al mismo tiempo?
  -Creo siempre que voy a morir. Y eso que de ordinario soy valiente. Además, no me gusta bajar a la cueva de la casa, que está muy oscura, ni andar sola por la montaña. Pero cuando me da eso no me encuentro a gusto en ningún lado y se me figura que detrás de mí hay alguien que me va a agarrar de repente.
  Así, pues, lo que la sujeto padecía eran, en efecto, ataques de histeria con la angustia como contenido. Pero ¿no contendrían también algo más?


   -¿Piensa usted algo (lo mismo siempre), o ve algo cuando le dan esos ataques?
  -Sí; veo siempre una cara muy horrorosa que me mira con ojos terribles. Esto es lo que más miedo me da.
  Este detalle ofrecía, quizá, el camino para llegar rápidamente al nódulo de la cuestión.
  -¿Y reconoce usted esa cara? Quiero decir que si es una cara que ha visto usted realmente alguna vez.
  -No.
  -¿Sabe usted por qué le dan esos ataques?
  -No.
  -¿Cuándo le dio el primero?
  -Hace dos años, cuando estaba con mi tía en la otra montaña.
  No atreviéndome a transplantar la hipnosis a aquellas alturas, pensé que quizá fuera posible llevar a cabo el análisis en un diálogo corriente. Se trataba de adivinar con acierto. La angustia se me había revelado muchas veces, tratándose de sujetos femeninos jóvenes, como una consecuencia de horror que acomete a un espíritu virginal cuando surge por vez primera ante sus ojos el mundo de la sexualidad.
  -Puesto que usted no lo sabe, voy a decirle de dónde creo yo que provienen sus ataques. Hace dos años, poco antes de comenzar a padecerlos, debió usted de haber visto u oído algo que la avergonzó mucho, algo que preferiría usted no haber visto.
  -¡Sí, por cierto! Sorprendí a mi tío con una muchacha: con mi prima Francisca.
  -¿Qué es lo que pasó? ¿Quiere usted contármelo?
  -A un médico se le puede decir todo. Mi tío, el marido de esta tía mía a quien acaba usted de ver, tenía entonces con ella una posada en X. Ahora están separados, y por culpa mía, pues por mi se descubrieron sus relaciones con Francisca.
  -¿Cómo las descubrió usted?
  -Voy a decírselo. Hace dos años llegaron un día a la posada dos excursionistas y pidieron de comer. La tía no estaba en casa, y ni mi tío ni Francisca, que era la que cocinaba, aparecían por ninguna parte. Al llegar ante el cuarto del tío vimos que tenía echada la llave. Miré por la ventana, sin figurarme aún nada malo. La habitación estaba muy oscura; pero, sin embargo, pude ver a Francisca y a mi tío sobre ella. En seguida me aparté de la ventana y tuve que apoyarme en la pared, me dio un ahogo como los que desde entonces vengo padeciendo, se me cerraron los ojos y empezó a zumbarme y latirme la cabeza como si fuera a rompérseme.


  -¿Le dijo usted algo a su tía aquel día mismo?
  -No; no le dije nada.
  -Si usted pudiera ahora recordar todo lo que en aquellos momentos, sucedió en usted, como le dio el primer ataque y qué pensó durante él, quedaría curada de sus ahogos.
  -¡Ojalá pudiera! Pero me asusté tanto, que lo he olvidado todo.
  -¿Qué pasó después?
  -No podía dejar de pensar en lo que había visto. Tres días después volvió a darme el ahogo, vomité y tuve que meterme en la cama, varios días.
  La sintomatología histérica puede compararse a una escritura jeroglífica que hubiéramos llegado a comprender después del descubrimiento de algunos documentos bilingües. En este alfabeto, los vómitos significan repugnancia.
  Al llegar aquí, abandona la muchacha, con gran sorpresa mía, el hilo de su relato y pasa a contarme dos series de historias que se extienden hasta dos y tres años antes del suceso traumático. 


Un día de invierno, su tío entró a su alcoba, estando ella dormida, pero de repente se despertó y “sintió su cuerpo junto a ella”. Asustada se levantó y le reprochó aquella extraña conducta, hasta que, cansado el tío, dejó de solicitarla. Me manifestó, que hasta mucho después no había comprendido las verdaderas intenciones de su tío. De momento, se había resistido únicamente porque le resultaba desagradable ver interrumpido su sueño y “porque le parecía que aquello no estaba bien”
  A continuación me contó Catherine una nueva agresión sexual de que la hizo objeto su tío un día que se hallaba borracho. Siempre notó, en esas ocasiones, el peso en los ojos y la opresión que acompañan a sus ataques actuales.
  Agotadas estas dos series de reminiscencias, guarda silencio la muchacha. Durante su relato ha ido experimentando una curiosa transformación. En su rostro, antes entristecido y doliente, se pinta ahora una expresión llena de vida, Sus ojos han recobrado el brillo juvenil y se muestra animada y alegre.
  Llevaba la sujeto en sí dos series de impresiones, que se habían grabado en su memoria, sin que hubiera llegado a comprenderlas. A la vista de la pareja sorprendida en la realización del coito, se estableció en el acto el enlace de la nueva impresión con tales dos series de reminiscencias, comenzando enseguida a comprenderlas y simultáneamente a defenderse contra ellas. A esto siguió un corto período de incubación, apareciendo luego los síntomas de la conversión, o sea los vómitos sustitutivos de la repugnancia moral y física. Ante mi sugerencia, ella me dijo:
  -Sí; debió de darme asco y lo debí de recordar luego.
   He de agradecer a Catherine la facilidad con que me permitió interrogarla sobre asuntos tan escabrosos, conducta opuesta a la observada por las honestas damas de mi consulta ciudadana, para las cuales: “omnia naturalia turpia sunt”.



   Resta únicamente explicar el origen de la alucinación que retornaba en todos los ataques de la sujeto. Así, pues la interrogué sobre este extremo, y como si nuestro diálogo hubiese ampliado su comprensión, me contestó en seguida:
  - Ahora ya lo sé. La cabeza que veo es la de mi tío. Cuando, después de sorprenderle con Francisca, comenzaron en casa los disgustos, mi tío me tomó un odio terrible. Decía que todo lo que pasaba era por culpa mía y que si no hubiera sido yo tan charlatana no hubiera pedido su mujer el divorcio. La cara que ahora veo, siempre que me da el ahogo, es la de mi tío en aquellos días, contraída por la cólera.
  No puede tampoco extrañarnos que el símbolo mnémico procediese, precisamente de esta época ulterior, durante la cual se sucedieron de continuo en la casa las escenas violentas, retrayéndose del estado de Catherine el interés de la tía, absorbido totalmente por sus querellas domésticas, pues por tales circunstancias fue ésta una época de acumulación y retención para la paciente.
   Aunque nada he vuelto a saber de Catherine, espero que su conversación conmigo, en la que desahogó su espíritu, tan herido tempranamente en su sensibilidad sexual, hubo de hacerle algún bien.”

·        Extracto del: historial clínico: “Catherine”, publicado en: (1895) Estudios sobre la histeria ; de los autores Freud y Breuer, Bs. As., Ed. Hyspámerica, 1988.




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